El Verdolaga se impuso en el Estadio León Kolbowski con un esquema conservador pero efectivo. Tres puntos para salir de la malaria y que respire Rondina.


Atlanta
FerroEn Villa Crespo se jugó mucho más que un “clásico forzado” en esta fecha interzonal. Se jugaron puntos, confianza y serenidad. Y Ferro, que venía de dos derrotas consecutivas, con el agua al cuello, respondió de la manera que a veces corresponde: con orden, carácter y concentración. La creatividad y el “jogo bonito” quedarán para otra instancia. Atlanta se quedó con las manos vacías: fue un equipo que casi no remató al arco en el segundo tiempo y no tuvo ideas para desarmar una muralla verdolaga que nunca se rompió. El resultado final fue 1-0, con gol de Lautaro Parisi, y no hubo lugar para la discusión: el Verdolaga se lo mereció. Con poco, pero con justicia.
El primer tiempo: tensión, roce y una chance clara
Desde el pitazo inicial quedó claro que Sergio Rondina no había ido al Kolbowski a desplegar un acto de belleza. El técnico del Oeste volvió a parar, como en tramos del torneo anterior, un 5-3-2 sin medias tintas: Monetti; Kihm, Tévez, Tarón, Orellana y Ozuna en defensa; Obradovich, Gómez y Marra en el medio; Parisi y García arriba. Una estructura pensada para no sufrir, para robarle los tiempos al rival y para golpear en velocidad cuando la chance apareciera. Poca creación, mayor sacrificio.
Atlanta, con Pellerano presentando su clásico 4-3-3, intentó dominar desde abajo y usar las bandas, pero chocó una y otra vez contra el bloque compacto del Verdolaga. La tripleta central de Ferro —Tévez, Tarón y Orellana— cerró todos los canales internos. Quintana, el 9 bohemio, peleó solo durante todo el partido. Casi no tocó la pelota limpia.
El primer tiempo fue lo que suele ser un típico enfrentamiento de ascenso entre dos equipos urgidos: mucha tensión, bastante roce y poco fútbol. Atlanta tuvo alguna aproximación, pero nunca logró profundidad real. El Bohemio generó volumen, poco peligro.
A los 29′ llegó la jugada más peligrosa: Orellana tomó la lanza y se proyectó al ataque como un volante más, buscando a Parisi, quien de taco habilitó a Marra sobre la medialuna para que ensayara un remate de zurda que se fue cerca del palo izquierdo de Rago. Centímetros. Fue la gran chance de la etapa inicial y Laureano estuvo a nada de abrir el marcador.
Acto seguido Pellerano comenzó a mover el banco: sacó a Rojas (uno de los centrales) e hizo ingresar a Ibarra (mediocampista). El Bohemio ganó algo de posesión, pero siguió sin ideas ni disparos con destino concreto. El Verde aguantó sin transpirar demasiado.
Ferro se fue al vestuario sin sufrir ninguna desgracia, sin distraerse como en las primeras partes contra San Miguel y Los Andes, o cometer los horrores de Godoy Cruz, con la solidez defensiva intacta y con la certeza de que el partido, si apretaba un poco el acelerador, podría definirlo en el complemento.
El segundo tiempo: orden, sacrificio y oportunismo
Atlanta intentó arrancar el complemento con un juego mucho más vertical y agresivo, con centros rápidos de Álvarez por izquierda y Fedele por derecha. Quintana merodeaba el área chica, pero Monetti descolgaba cada envío del Bohemio, que se mostraba intenso pero impreciso.
Ferro no alteró su libreto. El 5-3-2 siguió intacto, con un cambio obligado en la zaga por lesión: afuera Misael Tarón, adentro Gustavo Canto. Las líneas se mantuvieron cortas y el bloque, bajo. El Verde no se desordenó ante la presión. Aguantó, guardando las balas en la cartuchera, confiando en que el desgaste local le daría la oportunidad de asestar el golpe final.
A los 16 del segundo tiempo llegó el golazo. Centro con rosca de Nazareno Kihm al segundo palo de Rago para que el “Toro” conecte de volea y derribe la estantería de la mufa en Villa Crespo. 1-0 para el Verde. Pura efectividad verdolaga en su fórmula: resignar creatividad y protagonismo para transformarlos en orden y oportunismo.
La apertura del marcador empujó a los locales a manejar la pelota, pero sin herir ni generar peligro: solo un vértigo torpe. El doble 9 de Quintana y Castro se suponía amenazante (más por antecedentes que por lo mostrado esta tarde). Los ingresos de Mendoza y Ríos intentaron darle mayor vitalidad y asedio a la última línea verdolaga, con centros constantes pero sin rumbo.
Rondina leyó cómo se estructuraba el rival y apostó a un triple cambio que le diera velocidad y cambio de ritmo para aprovechar los huecos que dejaba Atlanta en busca de la igualdad. Ángel González, Gino Olguín y Matías Kabalin ingresaron para mantener la estructura y darle frescura al mediocampo. Marra y García, amonestados y con el físico en baja, salieron a tiempo. El Verde pasó a defenderse con cinco hombres casi permanentemente y salió de contra cuando pudo.
Ya en tiempo adicional, Corda tuvo la posibilidad de liquidarlo cuando, tras una recuperación y un toque rápido de Parisi, salió en carrera para quedar mano a mano con Rago. El lateral izquierdo, que había ingresado por Orellana, prefirió tirar un pase hacia un compañero que nunca llegó, en vez de rematar al arco. Kabalin estaba a un par de metros, pero no alcanzó. Oportunidad inmejorable que le dio vida a Atlanta para buscar la heroica en un cierre que se puso caliente.
Atlanta presionó con desesperación, pero Ferro no regaló nada. Siete minutos adicionales que se hicieron eternos. Monetti haciendo tiempo y ganándose la amarilla, Rondina expulsado por Giménez, que hasta entonces había tenido un arbitraje discreto y terminó desnaturalizando el ambiente. El cruce del “Huevo” con el referí y algunos hinchas bohemios, a lo largo de su camino hacia los vestuarios, le dio picante a un partido que, en gran parte, fue un bostezo.
Mientras Giménez no dejaba de adicionar minutos, el Verde siguió ordenado: Tévez y Canto cerrando todo por arriba, Parisi y González aguantando la pelota para asegurar la victoria.
Atlanta terminó con silbidos de su propia gente. Ferro, con el 1-0 en el bolsillo y tres puntos importantísimos para encarar con otro semblante el próximo duelo contra All Boys en Monte Castro.
5-3-2: el regreso menos esperado, pero lógico
Si hay una imagen para llevarse de este partido chato, pero triunfal, es esta: Ferro no necesitó la posesión de la pelota para controlar el partido. Rondina salió al ruedo con un plan clarísimo y sus dirigidos lo ejecutaron con precisión quirúrgica. Miedo, cautela, necesidad: todas las teorías son válidas. Todas tienen lógica.
La situación no era la mejor para el DT verdolaga: dos derrotas al hilo, pobre producción, un rival que “te gana con la camiseta”, pero que también llegaba en apuros y con hambre, un estadio donde hacía 25 años no se ganaba. Un contexto totalmente adverso y la necesidad de no recaer, de sumar, de recuperar solidez defensiva, llevan inexorablemente a un conservadurismo táctico que duele a los ojos, pero puede resultar efectivo.
El bloque, impenetrable. Los cinco del fondo, con Kihm y Ozuna como carrileros y la tripleta central Tévez–Tarón (luego Canto)–Orellana, formaron una línea sin fisuras. El equipo se plantó en dos bloques muy juntos —defensa y mediocampo a menos de 15 metros— y Atlanta nunca encontró los espacios entre líneas que necesitaba. Cuando intentó usar la amplitud, Ferro tapó todas las vías. Cuando buscó por adentro, chocó contra una pared.
El mediocampo, un muro. Obradovich, Gómez y Marra recuperaron alto, cortaron las líneas de pase de Castro Ponce y Ostachuk y no permitieron que el Bohemio girara el juego. Funcionaron como un trío de contención y distribución que le quitó el timing al rival durante casi todo el encuentro.
Lo que faltó. Se priorizó el orden por sobre la profundidad, eligiendo sufrir menos en lugar de proponer más. Ferro casi no elaboró jugadas colectivas en campo rival y dependió demasiado de los pelotazos largos. Parisi y García quedaron aislados en varios pasajes del primer tiempo y el equipo tardó en encontrar una salida limpia desde abajo. Y cuando consiguió la ventaja, tampoco buscó ampliarla: se replegó y esperó que Atlanta se estrellara. Inteligente, sí, pero también evidencia que al Verde todavía le falta versatilidad táctica para cuando el partido exige mayor iniciativa.
Ferro sacrificó posesión y protagonismo por solidez y efectividad… y ganó. Nada más ni nada menos.
Un fantasma que tenía casi 25 años de antigüedad
Hay triunfos que suman tres puntos… y hay triunfos que te sacan una mochila de encima. Este es de esos. De los que no solo valen por el resultado, sino por todo lo que dejan atrás.
La última vez que Ferro había festejado en Villa Crespo fue el 8 de septiembre de 2001: 2-0 con goles de Mario Costas y Ariel Mangiantini, por la novena fecha de la B Metro 2001/02. Pasaron 24 años. Sí, leyó bien: casi un cuarto de siglo. Una eternidad en el fútbol.
Desde entonces, el Kolbowski se había vuelto una especie de pesadilla recurrente para el hincha verdolaga. Empates con gusto a poco, derrotas que dolían, partidos que se escapaban siempre por algo. Generaciones enteras crecieron viendo cómo esa cancha era una parada brava, casi prohibida. El mundo cambió mil veces… pero Ferro no podía ganar ahí.
Hasta hoy.
Hasta que apareció Lautaro Parisi por el segundo palo, metió esa volea quirúrgica y silenció a la parcialidad local. Gol, desahogo y cuenta saldada. En una sola jugada, se fueron décadas de bronca acumulada.
Por eso este 1-0 no es uno más. Es de esos triunfos que se gritan distinto, que hacen clic y pueden cambiar la inercia. De los que no solo cortan una racha, sino que pueden abrir la puerta para terminar con otras. Pequeñas victorias que tal vez no queden en los libros grandes, pero son las que en este contexto complicado pueden comenzar a deshacer un montón de amarres enquistados en Caballito.



